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El bebé es receptivo a la afectividad materna desde el útero.
Muchas de nuestras lectoras y usuarias nos confiesan su ansiedad, dudas y temores durante la etapa de embarazo, especialmente cuando son primerizas. Cuando se emprende la aventura de ser madre, se produce en nuestro organismo no sólo una gran revolución hormonal, sino también la irrupción de una serie de sentimientos contradictorios, algunos nunca antes experimentados, de alegría, esperanza, miedos, felicidad, incertidumbre... Todo esto es normal y no tiene por qué representar un motivo adicional de preocupación.
Pero lo que no podemos permitir es dejarnos vencer por negros pensamientos como si sólo fueran a surgir problemas, olvidándonos de que la gestación es una etapa hermosísima en la vida de la mujer y en la que tiene que seguir manteniendo su salud bajo el estrecho seguimiento del ginecólogo o la matrona.
Pueden surgir complicaciones, sí. Pero pensemos que la mayoría de ellas se atajan fácilmente. Con los grandes avances en obstetricia producidos en los últimos años en los países desarrollados la mortalidad y las complicaciones materno-fetales y perinatales han descendido espectacularmente.
Y no olvidemos nunca que nuestro bebé necesita una mamá feliz, serena, entregada, con una actitud positiva y agradecida ante la vida.
Ya desde que empieza a convertirse en un ser diminuto nuestro hijo es receptivo a los estímulos externos, especialmente los procedentes de la madre y de su estado de ánimo. El bebé captará si mamá está nerviosa, preocupada, si acoge con felicidad su llegada o, al contrario, si le supone un gran contratiempo en ese momento de su vida. Por todo ello, desde el claustro materno necesita nuestros mimos mediante el despliegue de toda nuestra afectividad:
suaves caricias en el vientre, susurrantes palabras, dulces muestras de cariño... Seguro que le ayudaremos a desarrollarse dentro de nosotros más fuerte y sano y a que cuado nazca sea un bebé risueño y sereno.
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